Hoy: La leyenda de la Diosa sin nombre.
Cuentan que, hace muchos años, en un pueblo costero, orientado hacia levante, ocurrió algo realmente extraordinario, que a continuación os relato.
En el vestíbulo del museo, había una escultura muy antigua. Nadie sabía de donde procedía, ni su autor, simplemente, alguien decidió ponerla ahí, hacía ya mucho tiempo.
La imagen, consistía en una mujer extremadamente bella, yacente en un lecho, con una actitud que denotaba relajación, sosiego y paz, pero cuanto mas la observabas, en cierto modo, parecía que esperara algo, que solo su creador, desaparecido hace quien sabe cuanto, sabría, y cuyo misterio se perdió en los pliegues del tiempo.
Un joven, pasaba cada mañana frente al edificio, de camino al puerto, donde trabajaba.
Cierto día, decidió entrar y ver esa imagen blanca, que tantas veces había vislumbrado de pasada. Quedó maravillado, en tal medida, que desde entonces, todas sus jornadas, empezaban con una visita a su Diosa, como él la llamaba.
Le fascinaba las medidas perfectas del cuerpo de la mujer, su pose, que le transmitía esa calma que tanto necesitaba, el acabado pulido de la piedra, simulando ser la piel de la dama, y su rostro, noble, elegante, y expectante.
Mil veces se preguntó qué o a quién esperaría la Diosa , claro está sin obtener respuesta.
Así pasaron los días, los meses, los años…
El joven, se convirtió en hombre, pero no por ello dejó de visitar a diario a su adorada Diosa, y a diario se despedía de ella, murmurando para sí, “Hasta mañana amor mío”.
Cada viernes, al cerrar el museo sus puertas, esperaba ansioso al próximo lunes, para verla. Sentía la inexplicable necesidad de estar cerca de ella.
Como ya podréis suponer, el pobre infeliz, se enamoró. Cada noche, imaginaba besar sus labios, abrazarla, sentir la calidez de su piel, deseaba pasar con ella el resto de sus días, fueran muchos o pocos, pero cada mañana, despertaba con la cruel y fría realidad, de un sueño inalcanzable e imposible de cualquier manera.
Una tarde, bajó de un buque de carga un marino de avanzada edad, de ojos profundos y curtidos, de aspecto rudo y con el rostro lacerado de cicatrices que denotaban una dura vida. Un superviviente de otros años. Un auténtico lobo de mar.
Terminada la jornada, nuestro amigo, se dispuso a regresar a casa, no sin antes, hacer su parada diaria, como de costumbre, a despedirse de su amada. Largo tiempo estuvo mirándola, cuando oyó un pequeño ruido tras de sí, casi imperceptible. Se giró rápidamente y, a un par de metros tras de él, el marino que había visto bajar del buque esa tarde, estaba contemplando la escena. Sonreía con la comisura de sus labios, una sonrisa que evocaba tiempos pasados, y reflejaba recuerdos pretéritos.
- Vamos amigo, te invito a un trago. Tenemos que hablar – dijo a nuestro protagonista, el cual, asintió con un gesto.
Sin mediar palabra, caminaron juntos hasta una taberna cercana, frecuentada por la “creme de la creme”, de la baja sociedad.
Bebieron en silencio. El marino, no dejaba de sonreir, con aquel gesto que tenía frente al museo, y miraba a nuestro frustrado amante, como buscando un atisbo de… solo el sabría.
Por fin, se decidió a hablar.
- ¿Cuanto hace que la amas? – dijo inquisitivo.
- Creo que desde siempre – contestó nuestro amigo.
- Bien… Lo suponía. – y calló por un rato, entonces, prosiguió.
- Escucha atentamente. Hace cincuenta y tres años, yo vivía en este pueblo, trabajaba en el puerto, como tú ahora, y como tú, también me enamoré de la Diosa. No quieras saber cómo ni porqué, pero así fue. Huí de ella. He vagado por todo el mundo, tratando de olvidarla. He probado las más bellas mujeres, demonios capaces de hacerte olvidar hasta de tu condición humana. He bebido del vino de la vida, en todas sus copas, y… aquí me tienes, cincuenta y tres años después, cuando veo cerca mi fin, vengo humillado a arrodillarme ante ella, pues nada ni nadie me hizo olvidarla.
En una ocasión, una anciana, me dijo, que en lo profundo del bosque, hay una fuente. Oculta entre la vegetación. El que logre encontrarla, es posible, sólo es posible, que logre contactar con el ser que ahí habita. La anciana me contó que concede deseos, a quien lo merezca…
- ¿Cree que yo podría encontrarla? – interrumpió impaciente.
- ¡¡¡NO EXISTE!!! – gritó el marino. El resto del local, enmudeció un segundo, para de nuevo, volver al ruido habitual del antro. Prosiguió - Estuve varias semanas perdido en la espesura, buscando sin éxito. Cuando me rescataron, lamía las puertas de la muerte. ¡Huye hijo, huye!, no hay otra salida. – sus ojos tornaron a la desesperanza, mientras los clavaba en su confidente - No pierdas tu vida en sueños imposibles, vive, y prepárate a volver, en el cenit de tu vida, como yo ahora, con el alma cansada, la piel quemada, pero el corazón aliviado por poder morir habiéndola visto una vez más.
El marino guardo silencio, apuró su jarra, se levantó, tocó el ala de su sombrero en señal de despedida, y se marchó. Nunca más volvió a verlo, ni a saber de él.
Esa noche, fue larga. Nuestro amigo, no paraba de rondar la idea. ¿Debía huir como le aconsejó?, ¿sería cierta la historia que le contó ese loco marino?, ¿existiría la fuente “milagrosa”?.
Durmió, pero era un sueño intranquilo, plagado de pesadillas, a cual mas horrible.
Despertó empapado de sudor frío. Miró por la ventana, llovía. El otoño se cernía con fuerza sobre el lugar. ¿Qué hacer?, hubiera deseado tener a alguien que le aconsejara, pero no era así, debía decidir…
Cuando entró en el bosque, no le pareció tan horrible, pese al plomizo cielo, y la débil llovizna que acariciaba su cara, supongo que, porque albergaba la esperanza de triunfar, donde su predecesor fracasó.
Recorrió toda la extensión de ese maldito paisaje, oscuro, basto y salvaje. Anduvo por senderos largo tiempo olvidados. Hacía mucho que nadie se aventuraba por esos parajes, pues contaban los ancianos, que en ese bosque, ocurrían cosas…
Ni un arroyo, ni un animal, ningún rastro de vida, salvo la vegetación, extraordinariamente espesa, pero lo más inquietante, lo que helaba la sangre, era el silencio, sepulcral, casi pareciera, que en lugar de caminar entre árboles, lo hiciera entre columnas de un gigantesco mausoleo. El aire era espeso, aplastante, como si el mismo bosque contuviera la respiración, expectante.
Hacía días que la comida se agotó, el odre de agua, casi estaba vacío, y ni rastro de la fuente, y lo peor de todo, no tenía ni la más remota idea de cómo volver. Sin nada que comer, nada que cazar, y con el agua justa para una jornada, poco cabía esperar de esa locura. Sabía cuál sería su irremediable desenlace. Era consciente de que moriría allí.
Se sentó en unas rocas, a esperar a la parca, y lloró. Lloró amargamente, lamentando su suerte, y su estúpida idea de perseguir algo del todo irracional. Pero lo que más le entristecía el alma, era no poder verla más. Lloró tanto, que sus lágrimas mojaron la roca donde yacía.
De súbito, de donde su llanto empapaba la piedra, comenzó a brotar, primero un hilo, y poco a poco, un chorro de agua cristalina, cada vez mas abundante, hasta ser una auténtica fuente natural.
Maravillado, se enjugó las lágrimas, y bebió. Bebió de esa agua milagrosa, más dulce que el mejor de los vinos. Levantó la vista, y la vio, sentada sobre la roca más alta.
Una niña, de no más de ocho años. Pelo negro, piel blanca como la mañana, descalza. Vestía un sencillo vestido blanco. Su rostro, extrañamente, reflejaba sabiduría, la sabiduría que da la edad, y sus ojos, grandes y negros como cuervos, lo miraban fijamente, sin pestañear. Evidentemente, nuestro amigo, supo que lo había encontrado.
El Ser habló, pero no emitió sonido alguno, las palabras, resonaron en la cabeza del infeliz.
- ¿Que buscas en mi bosque? – dijo - ¿por qué has entrado sin permiso?.
- Os pido perdón, no sabía que lo necesitara, ni a quien pedirlo – contestó sin hablar, sólo imaginando las palabras.
La silenciosa conversación continuó.
- Tus lágrimas me han llamado, pues saben a desesperanza, pero no puedo darte lo que vienes a buscar. – dijo sin dejar de mirarlo.
- Pero yo… déjeme que le explique… - intentó exponer el motivo por el que lo estaba buscando, pero el Ser lo interrumpió.
- Se lo que anhelas, y como ya he dicho, no puedo dártelo. Puedo convertir la piedra en carne, y darle vida, si eso quisieras, pero no puedo hacer que te ame. El amor solo pueden sentirlo seres con alma, y no tengo el poder de otorgarla, sólo de arrebatarla. Pero tu llanto era sincero, y por eso, te concederé otro deseo.
Nuestro amigo, miró al Ser, los minutos pasaban, ni un sonido se oía, hasta que la criatura dijo, esta vez, con palabras articuladas.
- ¡Que así sea! – Su voz rompió el silencio que reinaba hasta el momento, y resonó hasta hacer temblar las raíces de los árboles cercanos.
Como cada mañana, el encargado del museo, apartó las rejas exteriores, deslizó la llave en la cerradura de los portones, y los abrió, como cada mañana. Pero algo no era como de costumbre. El hombre casi se cae del susto, pues donde debía estar la escultura de la Diosa sin nombre, había algo muy diferente...
Ella era la misma, no cabía duda, pero él… le resultaba familiar, se parecía a un tipo que solía ir por allí a diario. Hacía ya varias semanas que no lo veían.
Entre el gentío que se agolpaba en el vestíbulo para ver la transformación de la escultura, había un viejo marino, que sonreía con la comisura de sus labios, una sonrisa que evocaba tiempos pasados, y reflejaba recuerdos pretéritos.
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- ¿Y bien?, ¿cuál es tu deseo?.
- Yo sólo quiero pasar el resto de mi existencia junto a ella, no me importa en que forma.
- ¿Renunciarías a tu propia vida?, jamás veras un nuevo amanecer, tu sangre se helará, y tu piel se petrificará, para toda la eternidad… ¿me entregas tu alma?.
- ¡Diablos, claro que si!, no me sirve sin ella.
- Bien, entonces… ¡Que así sea!.


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