Hoy: La Princesa caprichosa.
Cuentan que, hacía muchos años, había una princesa increíblemente bella, increíblemente inteligente, e increíblemente egoísta y caprichosa.
Su día a día, consistía en pisotear a sus siervos, y pedirles los caprichos mas extraños que os podáis imaginar
- Lacayo, quiero dar un paseo en un caballo verde.
- Papá, quiero que todos los del reino, vistan de azul.
- Doncella, quiero que todas mis prendas, las bordes con hilo de oro, cada día con motivos distintos.
- Quiero…
- Quiero…
- Quiero…
Y así todo el reino se desvivía por complacer los deseos de la caprichosa princesa.
Un día, el Rey, le indicó que debía casarse, pues empezaba a encontrarse mayor, y temía por la continuidad de la corona.
Como no podía ser de otro modo, la princesa, impuso una condición.
- El que quiera ser mi esposo, tiene que permanecer bajo mi ventana, un año completo, cantando las más bellas canciones, y sólo así, me casaré con él.
Y así se hizo.
Al principio, todos los pretendientes, acamparon bajo la ventana de la princesa, habida cuenta que era verano, y apetecía estar al raso, todo el día, y toda la noche, canción tras canción.
Pero, cuando un viento helado, trajo de la mano al Otoño, ya no era tan idílico, y uno a uno, fueron desistiendo, de tal forma que, cuando el Invierno hizo su aparición, sólo quedó un joven, natural de un lejano reino, que tocando la guitarra, y sentado en una silla, entonaba su canto para la princesa.
La princesa, disfrutaba sobremanera, viéndolo a la intemperie, muerto de frío, luchando por sacar algún sonido de su guitarra, con sus congelados dedos, mientras con un hilo de voz, seguía cantando y cantando, incansable.
Los habitantes del pueblo, se reían de él, pero el muchacho, pese a no ser el mas guapo, ni por supuesto, el mas listo, tenía algo de lo que los demás carecían. Una enorme determinación.
El Invierno, dio paso a una linda Primavera, y tras ella, de nuevo el cálido Verano, y el joven seguía ahí, impertérrito, con su desvencijada guitarra, su desvencijada ropa, su desvencijada silla, y su desvencijada voz.
La princesa, que al principio no le prestaba mas atención que la que le prestaba al resto de sus caprichos, poco a poco, con el paso de los meses, fue notando que algo cambiaba.
Ocurrió, que las canciones del pobre muchacho, si que treparon los muros y llegaron al corazón de la niña caprichosa, e hicieron mella en su alma, conquistándola lentamente, hasta que una mañana, se dio cuenta que lo amaba, que no podría estar ni un solo día sin él.
Pasaba las jornadas, sentada al lado de la ventana, escuchando atentamente, cada nota, cada palabra de su canto.
Pero, aún así, decidió que si quería casarse con ella, tenía que cumplir el año completo.
En el último día que daba fin al plazo impuesto, ya preparada la ceremonia, recibidos los invitados, cosido el vestido, encendidos los fogones de las cocinas reales, en el último día, cuando faltaba un minuto para el fin…
El joven, paró su canto.
Se levantó.
Giró sobre sus talones.

jajajaja......me ha gustado, mucho. Yo en una ocasión hice algo parecido con un príncipe caprichoso y hasta hoy. Lo mío fue por teléfono y sólo me arrepiento de no haber podido hacerlo en directo para ver su cara ante mi decisión....en fin que me ha hecho sonreír.
ResponderEliminarBesos Kaoticos